Artículo escrito para Predicación EXPOSITIVA.
Escrito por Patricio Ledesma

Deberíamos anhelar predicar sermones impactantes, es decir, mensajes que tengan un efecto y produzcan una respuesta en nuestros oyentes. Tu iglesia necesita predicaciones impactantes, al fin y al cabo la finalidad de la predicación no es simplemente comunicar información, sino producir transformación. Pero, ¿cuáles son algunos principios para transmitir mensajes que tengan impacto? Bien, es importante indicar que la Palabra de Dios cumple múltiples funciones (2 Ti. 3:16), y entre ellas está la finalidad de convencernos de nuestro pecado y traernos al arrepentimiento, mediante la acción del Espíritu Santo. Enfocando en este aspecto específico, quisiera mencionar algunas claves para el impacto en la predicación, fijándonos en el sermón de Pedro en Hechos 2:14-42.

Un impacto que produce contrición

Empecemos por el final. El primer discurso de Pedro fue impactante y podríamos decir que se produjo en un contexto evangelístico, en el nacimiento de la Iglesia. Este impacto lo vemos claramente en la reacción de sus oyentes: “Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” (2:37).

Los oyentes de Pedro se compungieron, es decir, se apenaron. No deja de ser llamativo que, a diferencia del impacto que normalmente se busca hoy desde los púlpitos, el impacto de Pedro se caracterizó por producir contrición en los que escuchaban. Hoy es común intentar hacer sentir bien a la gente, pero las palabras de Pedro produjeron un sentimiento de tristeza (¡al menos inicialmente!).

Digámoslo claro, porque es necesario: parte de la labor de un predicador fiel es compungir a su audiencia según dicten las Escrituras. Claro, no se trata de atacar, herir, o deprimir constantemente a la gente de una forma caprichosa, hostil o mezquina. Sería vergonzoso convertirnos en ogros espirituales cada vez que nos subamos al púlpito. No obstante, una característica de un buen predicador es que —de forma equilibrada— nunca dejará de lado traer a sus oyentes a una “sana” tristeza que les lleve al arrepentimiento. Ese arrepentimiento que nos dirige al dulce bálsamo del perdón. Busquemos entonces un impacto que produzca tristeza, una tristeza producida por la verdad bíblica que se convertirá en gozo.

Una contrición producida por la comprensión del pecado

La audiencia de Pedro se entristeció profundamente porque sintió el peso del pecado sobre sus hombros. Durante su mensaje, Pedro construyó una pesada y amarga losa de culpabilidad sobre las conciencias del público, explicando de qué manera tan despreciable habían pecado contra Dios, siendo cómplices responsables del más grave e injusto asesinato de la historia; la crucifixión del Hijo de Dios: “a éste [Jesús], entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole” (2:23) y “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (2:36).

Esté lejos de nosotros ofender a las personas de una manera irresponsable, pero deberíamos ser maestros en el manejo de toda la Escritura, y eso incluye la tarea de explicar a la gente su culpabilidad, esperando que el Espíritu les haga sentir el angustiante peso de sus pecados; con el objetivo de que ese peso sea tan insoportable que no tengan más salida que correr hacia Cristo.

Sabias palabras las de Charles Spurgeon, que todo predicador debería tener presente: “Necesitas una ley perfecta que encierre al hombre en la desesperanza aparte de Jesús, que lo meta en una jaula de hierro y lo encierre, y no le ofrezca ninguna escapatoria sino la fe en Jesús” [1].

Exponer el pecado para llevarlos al Salvador

Hacer que la gente se sienta pecadora es una obra del Espíritu, y el predicador es una mera herramienta para este fin. Esta tarea no es sencilla porque fácilmente se cometen errores: falta de sabiduría, hacer sentir mal por hacer sentir mal, predicar con una actitud inmisericorde, hablar siempre de lo mismo, o perder de vista la verdadera finalidad de la convicción del pecado.

Debemos recordar que el convencimiento de pecado no es un fin en sí mismo, sino un medio para llevar a las personas a un bien mayor. Se provoca un dolor profundo que lleva al más profundo gozo. No hay atajos hacia el reino de los cielos, y todos los que lleguen allí, sin excepción, habrán experimentado en su vida un sentimiento de amarga contrición, por haber ofendido a Dios. Paradójico pero cierto: dichoso el quebrantado de corazón. Las bienaventuranzas nos lo confirman: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mt. 5:3-4).

Así que, tras haber mostrado a tu iglesia vuestro pecado —recuerda que tú estás incluido— no te bajes del púlpito sin mostrarles al Salvador. Cuando tu predicación, Dios mediante, haya producido este grito en el corazón de los oyentes: “¿qué haremos?” (2:37), podrás entonces vendar sus corazones con la buena noticia: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” (2:38). ¡Qué dulce suena la buena noticia ahora! Como dijimos antes, el contexto de Hechos 2 podría considerarse evangelístico —fueron las primeras conversiones— pero la contrición y el arrepentimiento son necesidades aplicables a todos los cristianos, mientras vivamos en este mundo.

Hemos mencionado algunos principios que marcan el camino hacia sermones impactantes orientados al arrepentimiento: (1) contrición en el corazón (2) a causa del pecado (3) para llevar a las personas a Cristo. Este patrón no solo subyace en el primer discurso de Pedro, sino que lo vemos en muchos lugares de la Biblia: pecado, juicio, arrepentimiento y misericordia. En el fondo es la historia del evangelio. Es nuestra historia. El pastor que verdaderamente ama a sus ovejas, a su debido tiempo les causará contrición de acuerdo a las verdades de las Escrituras, porque sabe que esto será para su bien.

Referencias:

[1] “La perpetuidad de la ley de Dios”. Sermón predicado el 21 de mayo de 1882 por C. H. Spurgeon en el Tabernáculo Metropolitano.

Actualmente se encarga del ministerio de predicación en un nuevo punto de misión establecido en el Arenal, una población costera cercana a la ciudad de Palma.
Patricio Ledesma, Coordinador 9Marks Español