“Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:46-47).

 

Introducción

¿Qué es la adoración? ¿Cómo la practicamos? La adoración es tan importante, tan central a nuestra vida como el cuerpo de Cristo como la es la predicación y la comunión.

Cuando nos congregamos domingo tras domingo para cantar juntos, para leer la Palabra de Dios, para orar juntos, y para recibir la Palabra de Dios, lo que estamos haciendo es participar en la adoración.

Quisiera en este breve artículo, entonces, invitarles a reflexionar sobre nuestra adoración. ¿Por qué es necesario participar en las prácticas de la adoración? Y ¿por qué adoramos en la forma en que lo hacemos y no de otras formas?

En Hechos 2:46-47, Lucas nos presenta varios aspectos de la adoración cristiana en el contexto de ese cuadro bellísimo que pinta de la iglesia en Jerusalén al final del segundo capítulo. En primer lugar, vemos que la adoración no se restringe a un lugar determinado. Los primeros cristianos en Jerusalén adoraban en el templo y adoraban en las casas. En segundo lugar, vemos que la adoración se caracteriza no tanto por fórmulas y ritos específicos sino más bien por las disposiciones y los sentimientos de los adoradores. Vemos por ejemplo en la descripción de Lucas que estos primeros cristianos perseveraban unánimes en el templo y que comían juntos con alegría y sencillez de corazón. Por último, el texto nos indica el resultado de esta adoración que era, en primer lugar, la alabanza a Dios y en segundo lugar el favor con todo el pueblo. Quiero exponer cada una de estas facetas del texto pero antes me gustaría reflexionar un poco sobre la adoración en sí.

 

¿Qué es la adoración?

Entonces, ¿qué es la adoración? En el Nuevo Testamento tenemos tres palabras distintas que se usan para referirse a la adoración cristiana.

La palabra más comúnmente utilizada para referirse a la práctica de la adoración es proskuneo. Es una palabra compuesta que quiere decir literalmente acercarse (pros) para besar (kuneo).[1] El sentido de la palabra en el Nuevo Testamento involucra arrodillarse, postrarse en señal de respeto y de súplica. La idea detrás de proskuneo es la idea de rebajarse, de ponerse en el lugar más bajo para así elevar a aquel a quien se desea mostrar respeto y loor. La palabra proskuneo la encontramos en Juan 4:23 cuando Jesús le dice a la mujer samaritana: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.”

Una segunda palabra que encontramos en el Nuevo Testamento, y de hecho, es la palabra que encontramos en nuestro texto en Hechos 2:47, es aineo. Esta palabra conlleva el sentido opuesto de proskuneo.  Si proskuneo conlleva la idea de rebajarse a sí mismo, aineo conlleva la idea de enaltecer a otro. La idea detrás de la palabra aineo es exaltar, magnificar, enaltecer o elevar.[2] Es la palabra que se usa para describir al cojo que fue sanado frente al templo La Hermosa en Hechos 3:8 donde leemos que “saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando y alabando a Dios.”

Una tercera palabra que se usa en el Nuevo Testamento en conexión con la adoración cristiana es la palabra leitourgia – es la raíz de nuestra palabra en español liturgia. Es una palabra que para nosotros los cristianos suele suscitar imágenes de sacerdotes con batas y gorras extrañas, cantando en latín y esparciendo gotas de agua bendita. Pero esa imagen es un estereotipo. La palabra liturgia simplemente quiere decir la forma de adoración. Todo cristiano que participa en las prácticas de adoración tiene una liturgia. De hecho, filósofos cristianos como Jamie K.  Smith argumentan que también los ateos tienen sus liturgias. El culto al cuerpo, a la moda, al deporte, son todos, según Smith, manifestaciones de una liturgia secular.[3] La palabra leitourgia se traduce generalmente como ministerio o servicio en el Nuevo Testamento.[4] Es la palabra que Pablo usa en 2 Corintios 9:12 cuando dice que “la ministración de este servicio no solamente suple lo que a los santos falta, sino que también abunda en muchas acciones de gracias a Dios.”

Entonces, de estas tres palabras podemos ir perfilando una definición de la adoración cristiana. La adoración cristiana es una serie de formas, prácticas y ministraciones en las que nos rebajamos a nosotros mismos y exaltamos a Dios. Y esta definición, creo yo, nos dice algo importante sobre la adoración. Es muy común escuchar entre los cristianos de la actualidad algo como: “la adoración allí en esa iglesia no me llena, no me satisface.” Pero la satisfacción y el gusto nuestro no es lo que es primordial y principal en la adoración. Lo que es primordial en la adoración no somos nosotros, sino que es Dios. La pregunta no debe ser si la adoración me satisface a mí, sino que debe ser si la adoración glorifica, magnifica y exalta a Dios.

 

El lugar de la adoración

Entonces, ¿cómo era que los primeros cristianos en Jerusalén practicaban la adoración? Leemos en Hechos 2:46-47: “y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo.” Aquí Lucas nos indica que las prácticas de adoración no se limitaban únicamente al templo, sino que se realizaban también en las casas. Estos cristianos anhelaban estar juntos y cuando estaban juntos se ocupaban en adorar a Dios. Llama la atención además que acudían al templo juntos cada día. Lo que tenemos aquí es el relato de un grupo de hombres y mujeres que se entregaban por completo a rebajarse a sí mismos y a exaltar a su Señor.

Esto nos enseña algo importante acerca de la adoración. La adoración no es algo que hacemos porque lo tenemos que hacer. La adoración que rendimos a Dios en el templo los domingos no la rendimos simplemente para cumplir. La adoración es una fuerza vital, una fuente de energía para nuestras almas que debemos anhelar. Los teólogos hablan de una teología primaria y una teología secundaria.[5] La teología secundaria es la que se encuentra en los libros de teología sistemática y la que se estudia en los institutos y los seminarios. La teología secundaria, dicen los teólogos, no es más que una reflexión en torno a la teología principal y primaria que es nada menos que la adoración. La adoración es la teología primaria y principal. La adoración es nuestro primer y principal encuentro con Dios y es de allí que surgen nuestros pensamientos acerca de Dios. La adoración, sobre todo, es una expresión de amor. Y como dice el filósofo Jamie K. Smith, somos lo que amamos.[6] La adoración no es una labor forzada, sino que es la explosión de nuestra gratitud, de nuestro gozo, de nuestra satisfacción plena con Dios por todo lo que ha hecho por nosotros. Y por eso, la adoración es el acercamiento principal al conocimiento de Dios.

 

La disposición en la adoración

Esto nos lleva a considerar otro detalle en torno a este texto. Llama la atención que Lucas califica la adoración con una serie de adjetivos como “unánimes,” “juntos,” “con alegría,” “con sencillez de corazón.” No califica la adoración con atención en las formas y las fórmulas. No califica la adoración con instrumentos o sin instrumentos; si cantan solo Salmos o si cantan otras canciones; si aparecen vestidos de traje o con tenis. A final de cuentas, lo que importa aquí es la disposición de los adoradores. Los adoradores perseveraban unánimes – de una misma mente. Estaban alegres de estar juntos y sus interacciones se caracterizaban por una sencillez de corazón. Es interesante esta última palabra – sencillez de corazón. Es una palabra de origen agrícola y se usaba para hablar de un terreno donde se le había extirpado toda piedra, toda hierba – era una tierra lista para siembra porque era una tierra uniforme y singular.[7] Esta es la condición de los corazones de los adoradores aquí. Tienen una misma mente y un mismo corazón. No tenían cada uno su agenda, cada quien buscando lo que podían sacar para si mismo. Sino que eran de corazones sencillas y singulares.

La adoración es probablemente el área de mayor desacuerdo en la iglesia cristiana de nuestros días. Los sociólogos, de hecho, hablan de una “guerra de adoración” que existe en la iglesia actual. Estas guerras giran en torno a estilos de música alternativas y a la ropa que uno debe llevar a la iglesia. Aun dentro de círculos reformados no hemos escapado de estas contiendas. Muchos cristianos reformados suscriben a lo que se ha llamado el “principio regulativo de la adoración.”[8] El principio regulativo de la adoración dice que la adoración cristiana deberá consistir solamente en lo que la Biblia manda y en nada más. Entonces, como no encontramos un mandato en el Nuevo Testamento que hemos de usar instrumentos musicales en la adoración, el uso de dichos instrumentos queda prohibido. Como no encontramos un mandato en el Nuevo Testamento que hemos de cantar cantos de hombres, el canto de cualquiera cosa que no sea los Salmos queda prohibido. El principio regulativo de la adoración se contrasta con la perspectiva luterana que dice que si algo no se prohíbe en la Biblia entonces es permisible.

A mi modo de ver, estos debates suelen dar pie a un legalismo que es tóxico, que es un veneno a las disposiciones que Lucas identifica en su relato. Yo creo que debemos hacer uso de todo lo que nos sirve para enfocar nuestras mentes y nuestros corazones en Dios que es el centro de nuestra adoración. Si el instrumento musical nos ayuda a enfocarnos en Dios, entonces lo debemos de usar. Si los himnos y los cantos contemporáneos nos ayudan a enfocarnos en Dios, entonces los debemos cantar. Y creo que eso ha de ser la pregunta esencial – ¿Qué es lo que nos ayuda a enfocarnos en Dios y que es lo que distrae nuestro enfoque de Dios?

 

El resultado de la adoración

Por último, quiero anotar el resultado de esta adoración. Nos dice Lucas en el versículo 47 que con estas prácticas de adoración estos primeros cristianos alababan a Dios y tenían favor con todo el pueblo. Y creo que el orden aquí es importante. La adoración cristiana va siempre dirigida a Dios y su objetivo principal es la alabanza, la magnificación y la exaltación de Dios. Pero a la misma vez, esa adoración tiene consecuencias incidentales con los que están a nuestro alrededor.

Dice el salmista en Salmo 22:3: “pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel.” Cuando nos dedicamos a una verdadera adoración, una adoración que magnifica exalta y glorifica a Dios, Dios está presente con nosotros – habita esa alabanza. El servicio de adoración, entonces, es una oportunidad de tener un encuentro con Dios. Y ese encuentro no puede tener una función menor que el de cambiarte, de transformarte. El final del servicio no es una conclusión, sino que es un comienzo. Venir a la iglesia a adorar a Dios es venir a prepararte para salir al mundo. Dios nos está preparando y moldeando a través del canto, a través de la lectura de la Palabra, a través de la oración y a través de la exposición de su Palabra para enfrentar todas nuestras ansiedades, todos nuestros labores, y a todas las personas con que tenemos contacto.

Es esta fuerza, esta potencia real y verdadera la que dio lugar al favor que tenían los primeros cristianos con todo el pueblo. Y es la misma fuerza y potencia que habita la alabanza de todo el pueblo de Dios.

 

Conclusión

Entonces, la adoración es una de las columnas fundamentales de la iglesia. Nuestra adoración corporativa, donde quiera que tome lugar, por lo tanto debe ser una adoración caracterizada por unanimidad, por alegría y por sencillez de corazón. La adoración que se practica semana tras semana, además, es una fuente de fuerza y potencia para cada uno de nosotros. Oremos que Dios use su presencia en nuestras actividades de adoración dominical para fortalecernos, para levantarnos, para prepararnos para lo que viene en nuestras vidas y nuestros ministerios durante la semana.

 

 

[1] Danker, F. W. A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Christian Literature. 3° Edition. Chicago: University of Chicago Press, 2000.

[2] Ibid.

[3] Smith, J. K. A. Desiring the Kingdom: Worship, Worldview and Cultural Formation. Grand Rapids: Baker. 2009.

[4] Danker, F. W. A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Christian Literature. 3° Edition. Chicago: University of Chicago Press, 2000.

[5] Moore-Keish, M. Do This in Remembrance of Me: A Ritual Approach to Reformed Eucharistic Theology. Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 2008.

[6] Smith, J. K. A. You Are What You Love: The Spiritual Power of Habit. Grand Rapids: Brazos Press, 2016.

[7] Danker, F. W. A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Christian Literature. 3° Edition. Chicago: University of Chicago Press, 2000.

[8] Gore, R. J. Covenantal Worship: Reconsidering the Puritan Regulative Principle. Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing, 2002.

 

Glenn Martínez es esposo de Sandra. Pecador redimido por la Gracia Soberana. Posee un doctorado en lingüística hispánica, una maestría en salud pública. Actualmente está completando el Doctorado en Ministerio en Whitefield Theological Seminary. 

Es pastor en la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Columbus, Ohio y Director de publicaciones en Editorial Doulos.