IV.  LA ÉPOCA DE MINISTERIO DE JESUCRISTO

Esto ya nos lleva al Nuevo Testamento donde vemos a Jesucristo participando en los cultos que se llevan acabo en las sinagogas. Juan el Bautista es el eslabón que une el Antiguo y el Nuevo Testamento. Él era el último y el más importante profeta del Antiguo Pacto y a la vez el primer predicador de la nueva época. Los mensajes de Juan el Bautista se caracterizan por su vigor que tiene su raíz en su personalidad poderosa. A raíz de la predicación de Juan ocurre un auténtico avivamiento en Israel. La gente acude en masas para escuchar por la boca de Juan lo que Dios requiere de ellos. Él anunciaba la inminente venida del Reino de Dios. El Mesías anunciado estaba a punto de llegar y Juan simplemente era una voz para preparar el camino. Él llamó explícitamente a un arrepentimiento sincero y público que se simbolizaba por el acto del bautismo. Es interesante que Juan no hace uso de las sinagogas sino que predica al aire libre.

Pero sin lugar a duda el ministerio de predicación más importante en la Biblia fue llevado a cabo por nuestro Señor Jesucristo. Sobre todo los Evangelios de Mateo y Lucas contienen discursos enteros de Jesús. El más famoso es el Sermón del Monte que en Mateo (capítulos 5 – 7). Este famoso sermón es en realidad, no otra cosa que una explicación del sentido auténtico de la Ley de Moisés. También las parábolas que Jesús usa con frecuencia forman parte de su predicación pública del Reino de Dios. Jesús predicó en varios lugares y ante varios tipos de personas. A veces el hablaba a grupos pequeños y en otros momentos a grandes masas. A veces el expuso las Escrituras durante un culto en una sinagoga mientras que en otras ocasiones predicaba en el campo o a la orilla del Mar de Galilea. La predicación de Jesucristo fue caracterizada por su autoridad, su confianza en Dios el Padre y también por su misión. A veces él hablaba del juicio venidero sobre todo ante los religiosos de su tiempo. Y a veces el invitó a la gente a seguirle y a tener fe.

 Los evangelios en dos ocasiones nos cuentan como Jesús mandó a sus discípulos a predicar. Les indicó cuál sería su mensaje y como ellos tenían que llevar acabo su ministerio. Podemos decir que en los tres años y medio de su ministerio público y con la ayuda de sus doce discípulos Jesucristo llenó el país con su mensaje:

«que las promesas de los profetas se habían cumplido, y ya había llegado el Reino de Dios».

V. LA EPOCA DE LOS APOSTOLES

  1. La predicación en la Iglesia Primitiva

Desde el primer momento la iglesia primitiva proclamaba el mensaje de Jesucristo crucificado y resucitado. Según el apóstol Pablo esto precisamente marca el contenido de la predicación del Evangelio. En su primera aparición pública después de la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, el apóstol Pedro predica públicamente a Jesucristo como aquel que es el Mesías Israel. 3000 personas responden a su invitación.

La proclamación pública del Evangelio se lleva acabo en los primeros años tanto en el templo de Jerusalén como en las sinagogas dentro y fuera de Israel. En el momento cuando el templo y las sinagogas se convirtieron en terreno prohibido para los apóstoles ellos buscaban otros sitios para predicar. Cualquier espacio se podía usar: el aire libre, casas particulares, academias alquiladas, etc.

 En las predicaciones de los apóstoles encontramos los dos elementos que marcan los mensajes cristianos: el evangelismo y la enseñanza.

El Evangelio se presenta de forma libre a todo el mundo y por regla general dentro del marco de un discurso público. La predicación de Juan el Bautista fue tradicional, la predicación de Jesús fue única, pero la predicación de los apóstoles de la iglesia primitiva se ha convertido en el modelo a seguir por la Iglesia de todos los tiempos.

2. Los consejos de Pablo a Timoteo

Un excelente resumen de estos principios de la predicación pública del evangelio encontramos en las cartas del apóstol Pablo, y sobre todo en sus cartas a Timoteo. Un pasaje clave se encuentra en 2 Timoteo 4:1-5.  Es el pasaje más famoso que el apóstol Pablo nos has dejado sobre la importancia de predicar la palabra de Dios. El primer versículo llama la atención porque es como si Pablo pusiese Timoteo bajo juramento antes de darle sus directrices en cuanto a la predicación. De forma solemne Pablo le insta a cumplir con los principios de la predicación neotestamentaria.

Pablo hace hincapié especial sobre la importancia que predicar la Palabra. Es evidente que el predicador del Evangelio tiene que cumplir con el principio más importante:

transmitir el mensaje original sin cambiarlo y de forma fiel.

Predicar la palabra significa predicar lo que Dios ha revelado ni más, ni menos.

La palabra «instar» que Pablo usa en el versículo 2 habla de la urgencia del cometido. «A tiempo y a destiempo», es la orden de Pablo. Esto quiere decir que ningún momento es inadecuado para hablar de Cristo. También significa que los predicadores que hablan en la tradición del Nuevo Testamento están dispuestos a proclamar su mensaje, aunque no agrade al público.

Y para que no quepa ninguna duda de lo que contiene la predicación de la Palabra, Pablo lo define en tres palabras: redargüir, reprender y exhortar.

3. Profecía y predicación

Mientras que duraba la revelación por parte de Dios del mensaje que Él quería transmitir a los hombres, los profetas usaban la predicación en muchas ocasiones para dar a conocer su mensaje. Con el final de la revelación divina y el cierre del canon, la profecía como revelación nueva por parte de Dios había llegado a su final. Pero esto no quita que también en los tiempos posteriores al cierre del canon la predicación profética tiene su lugar. “Profética” no en el sentido de nuevas revelaciones sino en referencia a la aplicación relevante del mensaje de los profetas y los apóstoles a cada nueva generación hasta que el Señor vuelva.

4. Enseñanza y predicación

El Nuevo Testamento hace una distinción entre predicar y enseñar (por ejemplo, Mateo 4:23; 11:1; Efesios 4:11; 1 Timoteo 2:7; 2 Timoteo 1:11; 4:2-4). Sin embargo, esta distinción es de ninguna manera absoluta. Cuando Mateo dice que Jesús recorría Galilea “enseñando y predicando” (Mateo 4:23), los textos paralelos usan simplemente la palabra “predicar” para describir su ministerio (Marcos 1:39; Lucas 4:44). Donde Mateo y Marcos hablan de Jesús como aquel que predica el Evangelio del Reino (Mateo 4:17; Marcos 1:14.15), Lucas dice que él enseñaba en sus sinagogas (Lucas 4:15). Pero lo que es más interesante todavía es el hecho que Marcos usa ambos términos de forma intercambiable (Marcos 1:14.15.21.38.39). En otros lugares del Nuevo Testamento el testimonio apostólico nos presenta a Jesucristo de la misma manera tanto predicando como enseñando (Hechos 5:42; 28:31; Colosenses 1:28).

Aunque no sería correcto afirmar que el Nuevo Testamento no hace distinción entre enseñar y predicar hay que reconocer sin embargo que no se puede trazar una línea clara entre los dos. En ambos casos el contenido es el mismo. Se trata del evangelio de la salvación por la muerte y la resurrección de Jesucristo el hijo de Dios. La enseñanza es simplemente la extensión de la predicación en el área de la doctrina, la apología, la crítica, y la experiencia cristiana. La predicación contiene todos estos elementos. El primer énfasis de la predicación es evangelístico, es decir: busca la conversión de aquellos que no creen. El objetivo de la enseñanza es darnos una idea de todo lo que implica ser creyente y vivir en la esfera del reino de Dios. No se puede concebir la predicación y la enseñanza independiente el uno del otro. Predicar en el Nuevo Testamento no solamente es proclamar las buenas nuevas que salvan sino también “todo el consejo de Dios” (Hechos 20:20.27 y 2 Timoteo 4:2).

5. El carácter divino de la predicación

Si miramos las palabras que se usan para “predicar” tanto en el AT como en el NT nos damos cuenta de que están relacionados con la idea de “autoridad”. La autoridad no radica en la persona del predicador, sino en el mensaje que le fue entregado. La predicación verdadera no tiene que ver con nuestras ideas de Dios o nuestros sentimientos piadosos, sino con la Palabra divina que Él ha revelado y que abre nuestro entendimiento para los planes e intenciones divinos.

El mensaje del predicador está cargado también con el poder divino. Después de expresar su intención de venir a Roma para predicar el evangelio, Pablo añade que este evangelio es el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16). A la gente que tiene la vista cegada por el pecado, este mensaje les puede parecer una locura. Este mensaje fielmente predicado tiene un efecto sobrenatural:

el Espíritu Santo hace un milagro en los que escuchan y genera la fe donde Él quiera.

Entonces los ciegos pueden ver y los sordos llegan a tener vida nueva. El poder divino de la predicación queda para la eternidad y es la evidencia más convincente de su relevancia eterna.

La predicación en el Nuevo Testamento se caracteriza por la urgencia divina.

El predicador auténtico proclama el Evangelio no solo porque le gusta personalmente, sino por el llamado irresistible y el encargo que ha recibido por parte de Dios.

El predicar este mensaje es una necesidad interior que no le deja otra opción al predicador. Su corazón está ardiendo. Y este fuego no puede apagar ni la enemistad de los que se oponen al evangelio, ni factores externos como la falta de dinero o apoyo. Con Pablo exclama: “Ay de mí si yo no predico el evangelio (1 Corintios 9: 16). Y para llevar acabo su tarea el predicador se ve equipado con el don especial del Espíritu Santo.

 

José Hutter es esposo de Ursula. Pecador redimido por la Gracia Soberana de Dios. Licenciado en Teología por la STH Basilea/Suiza. Doctor en Teología por la FTCR España.

Ejerce como profesor en varios seminarios dentro y fuera de España, entre ellos, la Facultad Teológica Cristiana Reformada de España. Es también presidente de la Comisión de Teología de la Alianza Evangélica Española (AEE) y ha escrito varios libros.